
Hasta entonces todos habíamos tenido claro que existía
un infierno al que irían las personas malas (¿?) y que las
buenas subirían raudas al
cielo donde compartirían el descanso eterno con las almas puras y sin mancha que no habían cometido pecado alguno.
El purgatorio era un lugar donde permanecían
en tránsito los pecadores arrepentidos y atormentados y con posibilidad de ser
redimidos tras un periodo de espera prudencial.
El
limbo era un lugar del que apenas se conocía nada y al que parece que
ascendían los infantes sin bautizar y las
almas perdidas o en pena que, como su propio nombre indica, no tenían muy claro donde recalar. Pues bien, toda
esta teoría expuesta y reconocida por los padres de la Iglesia Católica durante siglos
cambió de la noche a la mañana en virtud de un
edicto dictado por el Santo Padre Juan Pablo II que decidió reinterpretar la historia cargándose de un plumazo el infierno como tal. Como lo oyen, sin mediar concilio ecuménico alguno
el averno cerraba sus puertas. Finito, no da más. Pero oigan, ¿es que
hay derecho? El caso es que debido a la infalibilidad del Santo Padre nadie pudo hacer objeción alguna así que todos tuvimos que decir amén.
Trasladado al terreno que nos ocupa, me pregunto qué pasará si la infalible
Standard's & Poor's decide
volver a conceder la triple A –esperemos que así sea-
a España tras haber decidido desposeerla de tan preciada valoración y con ello hundido las previsiones más optimistas.
¿Diremos todos amén?